De cómo el capitalismo corrompe al hombre en Myanmar

Conducía con las dos manos sobre el manillar de la motocicleta eléctrica de alquiler por los caminos de tierra de Bagan. Notaba el aire en la cara y disfrutaba del paisaje que me rodeaba. Sin perder el control de la moto, solté una de las manos para aflojar un poco la cuerda del rudimentario casco que se ceñía en exceso bajo mi garganta. – Vamos a ver qué hay por esta zona –dijo el compañero que lideraba el grupo girando a la derecha por una pequeña bifurcación del camino.

Inmediatamente, la ruta cruzó un enorme arco de madera pintado de rojo y dorado al estilo tradicional asiático que, para nuestra sorpresa, daba acceso a un pequeño pueblo. Sus habitantes, atareados en sus quehaceres cotidianos, al principio, ni nos miraron. Pero, enseguida, empezaron a fijar sus ojos sobre nosotros, muy abiertos, y a gritarnos algo que entendíamos perfectamente mientras señalaban extendiendo el brazo: “Pagoda, pagoda”.


La apertura del país al turismo están transformando la pobreza en miseria


Siguiendo sus indicaciones, llegué con el resto del grupo a un pequeño puente de piedra. En el otro extremo nos esperaba un grupo de jovencitas, vestidas con el traje tradicional, que nos recibió con una tremenda sonrisa.

En cuanto llegué al final del puente, una de ellas desabrochó la correa de mi casco y me prendió un broche en la camisa. Se trataba de una mariposa de cartón, pintada a mano como las que habíamos visto que llevaban los niños de la zona. En el anverso de las alas todavía podía verse la pintura del embalaje de cereales al que había pertenecido. Sin mediar mayor palabra, la joven me ayudó a aparcar la moto y me agarró de la muñeca para llevarme al interior de un edificio que había detrás de ella.

Tras haber experimentado en varias ocasiones la hospitalidad que caracteriza al pueblo birmano, me dejé llevar a dentro. Mis ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad, pero pronto empecé a ver un largo pasillo abarrotado de puestos de artesanía. – Vamos a mi puesto– dijo la chica. – Cómprame algo y luego te enseño la pagoda –prometió.

Inmediatamente me vi sentado en un pequeño taburete. La chica soltó mi mano y me descolgó la cámara del cuello mientras otra mujer, que podría ser su madre, comenzó a abanicarme con un paipay.


– ¿Qué te gusta? –preguntó la joven en perfecto inglés


– ¿Qué te gusta? –preguntó la joven sentada a mi lado en perfecto inglés. Ante esta situación, y sin ninguna intención de comprar nada, recorrí el puesto con la mirada. Era un rudimentario tenderete a ras de suelo. Colgantes, broches, adornos, pulseras, anillos… cientos de piezas de piedra, madera y metal se amontonaban sobre telas de colores.  Finalmente, le pregunté si tenía algún objeto relacionado con el horóscopo birmano.

– ¿En qué día naciste? –me preguntó.

– Lunes –respondí yo con seguridad.

– Entonces tu animal es el tigre –me dijo. Acto seguido comenzó a revolver entre sus joyas para mostrarme una pequeña pieza de marfil tallado en forma de tigre blanco, ensartado en un cordón rojo y escoltado por media docena de abalorios del mismo color a ambos lados.

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Después de un pequeño regateo menos inocente de lo acostumbrado hasta entonces en Myanmar, logre una compra justa para mí, aunque sospecho que mucho más justa para ella. – Ya está, vamos a buscar a mis amigos y a ver el templo –le dije mirando a ambos lados del pasillo para intentar encontrar al resto del grupo. Solo alcancé a ver a uno de ellos, el que dijo que girásemos, estaba sentado y regateaba cuatro puestos a mi derecha.

– Cómpreme algo más, por favor. Me ayuda –dijo entonces la joven. A regañadientes acepté llevarme una sortija de supuesto jade que no salió nada barata si pensamos en los estándares birmanos.


Tras un regateo menos inocente de lo normal, logre una compra justa, aunque sospecho que más para ella


La muchacha lo envolvió todo en hojas de periódico y me lo dio en la mano. – Muchas gracias –dijo. Yo recogí mi cámara y, en ese momento, la mujer del paipay, que había observado impasible la escena y soportado mis incómodas miradas, me agarró de nuevo con la mano del abanico y cogió el taburete con la otra mano. – Ahora vamos a mi puesto –ordenó.

Y allí me volví a ver sentado, esta vez sin paipay, regateando por un par de pulseras de madera con supuestas propiedades mágicas para la vista y una pastilla de tanaka. Por fin, puede escapar pese al enfado de la mujer. – ¡Eres un tacaño! –escupió mientras guardaba el dinero. Y me reuní con el resto del grupo.

Todos acabamos comprando algo que queríamos pero que no teníamos pensado comprar en ese momento y, algunos, sucumbimos a la presión del momento y cargamos con cosas que ni buscábamos ni en realidad queríamos. – Serán buenos regalos en España –nos decíamos los unos a los otros.


– Serán buenos regalos –nos decíamos.


Lo cierto es que esta es la única situación de este tipo que viví en el país, y eso me dio mucho en que pensar. Las gentes de Myamar han vivido con lo básico felizmente durante décadas, pero la apertura del país al turismo, la llegada de dólares y divisas extranjeras y de grandes empresas están transformando la pobreza en miseria.

Los niños piden monedas de sus países de origen, o billetes, es igual, a los turistas para sus colecciones personales. – Solo me falta la suya –dicen. Y, en los puestos, las miradas están empezando a perder la pureza corrompidas por la avaricia en situaciones más propias de países como Marruecos o India.

Comentarios

4 comentarios

  1. Que pena lo que cuentas! Es una lástima que el turismo (y por lo que describes más que el turismo las empresas) encarezcan tanto el país y los locales (sean de donde sean) tengan que volverse más pícaros buscando un dinero extra.

    1. ¡Y tanto! arbrnrd. Por suerte aún hay gente que defiende la filosofía de vida del país y esto solo me pasó una vez. Si sigues leyendo los post sobre Myanmar, están cargados de anécdotas positivas y gente buena por naturaleza.

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