Myanmar, el país de las sonrisas

Cuando uno llega a Myanmar y lo hace en avión, lo más normal es que aterrice en Yangón. El aeropuerto de esta ciudad, que fue capital de la antigua Birmania hasta 2005, cuando los militares decidieron trasladar a los funcionarios a Naipyidó, es pequeño y algo destartalado y en él no hay más que unps cuantos puestos para cambiar moneda, algún cajero automático y una cafetería.

Una de las mejores opciones para no perderse nada al viajar es comprar una tarjeta SIM local. Con esta intención, nada más bajar del avión nos dirigimos al stand de la compañía Ooredoo, donde pudimos comprar una tarjeta con plan de datos para una semana por unos 7 dólares.

¿Cómo se dice ‘hola’
en vuestro idioma?

Lo primero que te sorprende al llegar a este país es la amplia sonrisa y la amabilidad de sus gentes. Una amabilidad que va más allá de la cortesía comercial y que, sospecho, tiene algo que ver con la curiosidad que aún les provocamos los extranjeros.

“¿De dónde venís?”, ¿Cómo os llamáis?”, “¿Cómo se dice ‘hola’ en vuestro idioma?”… Estas son solo algunas de las preguntas que afloraron de los labios del dependiente de Ooredoo en un perfecto inglés mientras sus dedos no paraban de deslizarse sobre las pantallas de nuestos teléfonos para configurar las nuevas tarjetas.

Colonia birtánica hasta 1948, el país ha pasado por una etapa comunista, otra socialista y una dictadura militar (puedes ver más detalles en el vídeo) hasta comenzar una transición a la democracia que ha dado un paso de gigante este mismo 2016 con la elección del primer presidente civil en más de 50 años.

La historia de Saya

Calor. Es lo primero que sentimos al salir del aeropuerto. Aunque llegamos más bien tarde, calculo que la temperatura rondaría los 37 grados. Nada más salir pudimos observar el pasado colonial de la ciudad, importante puerto comercial para los birtánicos, que se reflejaba en un gran soportal de doble altura con columnas espartanas que hace las veces de entrada al aeródromo.

Allí mismo, decidimos tomar un taxi para ir a nustro hotel, el YNO. Se trata de un modesto aunque moderno alojamiento en el que una habitación doble cuesta entre 15 y 18 dólares la noche. Además, como el hotel está algo apartado del centro, decidimos pactar con el conductor que fuese nuestro chofer en la ciudad durante la tarde y que nos recogiese al día siguiente para ir al aeropuerto.

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De camino al hotel y conduciendo por la izquierda, Saya, que así dio en llamarse nuestro conductor, nos contó que siempre había vivido en Yangón, donde ha criado a sus dos hijas. Miembro de una familia de 12 hermanos, a Saya le entristecía no haber podido recibir una educación, pero, inmediatamente, remedió esa tristeza afirmando con orgullo que él sí había podido llevar a sus hijas a la universidad. Es más, la mayor se había casado hace poco y la menor estaba a punto de licenciarse.

Una forma de vida pobre,
pero feliz

Escuchando esta y otras historias que los locales aprovechan para contarte siempre que te ven receptivo, puedo intuir que parte de esta bondad natural de los birmanos está en su arraigo a las tradiciones. Una forma de vida pobre, pero feliz, que peligra con el boom turístico que está vivendo el país en los últimos años.

Después de asearnos y descargar las maletas, seguimos el camino hasta la Shwedagon Pagoda, probablemente, el templo más sagrado para los birmanos y terminamos el día paseando hasta la Sule Pagoda y cenando en una terraza del barrio chino de la ciudad.

De vuelta al hotal, mientras comprábamos helados de insólitos sabores en una pequeña tienda local, no puede evitar volver a pensar en la historia de Saya. Lo que no sabía es que esta solo sería la primera muestra de la extrema bondad que derrocha el pueblo de Myanmar.

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