La historia precolombina de Perú en el museo Larco

Desde España, despreciamos a sabiendas lo que había en América antes de nuestra llegada para justificar el eurocentrismo en el que nos hemos puesto bien cómodos. Pueblos como Perú, que albergó una de los primeros grupos humanos de la prehistoria, poseen una historia riquísima que aquí desconocemos por completo.

Formas de construcción y administración, movimientos migratorios, expresiones religiosas y artísticas que ignoramos y que podemos conocer en museos como Larco.

Esta institución, fundada en 1926 por el arqueólogo peruano Rafael Larco Hoyle, se encuentra enclavada en una preciosa villa colonial del siglo XVIII rodeada de refrescantes jardines en el agradable barrio residencial de Pueblo Libre.

Desde el periodo formativo (2.000 años antes de nuestra era) hasta el imperio Inca, la exposición recorre de manera cronológica y pedagógica el desarrollo de las civilizaciones precolombinas de Perú.

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Además de las abundantes piezas de cerámica (pueden visitarse incluso los abarrotados per pulcramente ordenados fondos del museo), destacan las colecciones de armas, joyas, telas y piezas de arte erótico.

Para terminar la visita, en los jardines, déjate caer por el café del museo para descansar, charlar y reflexionar sobre lo que acabas de ver.

¿Fue una masacre la conquista de América?

La primera vez que un español visita Latinoamérica no puede evitar sentirse un intruso. Los españoles colonizaron estas tierras allá por el 1492. Concretamente, Perú fue conquistada por Francisco Pizarro un poco después, en 1532. Resulta fácil sentirse responsable, y echar con ello leña al fuego, de la masacre que sufrieron los peruanos en aquellos tiempos. Sin embargo, vasta con hablar con sus gentes y visitar museos como el magnífico Larco Herrera para comprender que no todo fue muerte, que hubo intercambios culturales y que, al fin y al cabo, ¿qué conquista se gana sin sangre?

Puede que fuera uno de nuestros antepasados quien mató al ascendiente del camarero que hoy nos está sirviendo un delicioso ceviche en Punto Azul, o puede que no. ¡Qué más da! Cuando los españoles llegaron a Perú, la civilización inca se encontraba en un nivel de desarrollo similar al que tuvo el final del Imperio Romano, con grandes ciudades y una amplia red de calzadas. Pero, igual que nos quedamos con eso, por suerte, dejamos los coliseos y gladiadores atrás hace mucho tiempo como también acabaron allí los sacrificios rituales.

De grandes barcos bajaron hombres a caballo vestidos con relucientes armaduras que se asemejaban a los atuendos que los dirigentes locales lucían para reflejar sobre sus cuerpos la divinidad de la luz solar. No es de extrañar, entonces, que los incas quedaran perplejos, ¿pero acaso por eso iban a dejar de defender su tierra?

Más allá de las batallas, la conquista española de América llevó al “nuevo” continente infinidad de avances tecnológicos y conocimientos. El Renacimiento europeo desembarcó en sus costas con ingenios como la imprenta, la brújula, el telescopio o técnicas pictóricas hasta entonces desconocidas. Tristemente, con estas innovaciones también llegaron las armas de fuego que tantos quebraderos de cabeza provocan hoy en día en el continente.

Pero, mucho más lejos aún de esto, los españoles se mezclaron con la población local. Cosa que, sin embargo, no hicieron otros pueblos que llegaron al “nuevo mundo”. Virreyes y terratenientes que dejaron a sus esposas en España se amancebaron con mujeres de la zona dando origen a toda una nueva genealogía de gente criolla.

Entonces ¿tiene sentido criticar y tachar de masacre la conquista? No lo creo. Las guerras se hicieron, y se siguen haciendo, a base de muerte. Tal vez, lo que sí tendría sentido es criticar la ignorancia histórica que nos hemos autoimpuesto. La historia de América no empieza a partir de la llegada de Cristobal Colón como la historia de España no empieza con el matrimonio de los Reyes Católicos. 

Tras mi experiencia en Perú, diría que, mientras en España nos empeñamos en reinterpretar la historia desde el presente, estamos dando la espalda a la historia presente y lo que se está escribiendo hoy en día, desde las normas ortográficas a las leyes de inmigración, es lo que puede dulcificar o envenenar las relaciones con nuestros vecinos de ultramar.

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