Cómo no coger un taxi en Lima

Llegué a Lima con lo puesto. Casi todo mi equipaje se encontraba en una maleta facturada que la compañía había perdido. En dos días partía hacia Cuzco y era apremiante recuperar mis pertenencias. Después de contactar con la aerolínea, una señorita me confirmó que la maleta estaba localizada, viajaría en el siguiente vuelo. También me dijo que ellos se hacían responsables de la entrega en la dirección que les indicara.

Yo estaba visitando a una amiga española que vive en Miraflores y les di esa dirección, no sin antes pedirle en varias ocasiones que me asegurara que la maleta iba a estar allí al día siguiente. Y así lo hizo la operadora. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando, en la tarde del día siguiente, la maleta no llegaba!

Mi amiga Patricia, que había viajado conmigo desde España, estaba en la misma situación. Desesperados, volvimos a llamar a la compañía que, amablemente, nos confirmó que las maletas ya estaban en el aeropuerto de Lima, pero que, desgraciadamente, habían llegado tarde para el envío del día y no saldrían hacia Miraflores hasta la mañana siguiente.

Tras un momento de desahogo e improperios contra la aerolínea, decidimos ir nosotros mismos a recoger las maletas. Era una posibilidad, nos lo habían confirmado por teléfono.

En Lima hay
varias compañías de
taxis seguros

Para llegar al aeropuerto, nuestra anfitriona nos recomendó pedir un taxi seguro llamando al 3555555 y así lo hicimos, Impacientes, bajamos a la puerta a esperar al taxi hasta que un coche verde con un letrero amarillo y ovalado con la palabra taxi escrita en letras mayúsculas paró delante de nosotros.

— ¿Al aeropuerto? — pregunté, incauto. — Sí, suban — contestó desde dentro el taxista. Y allí nos metimos. Después de andar unos metros, el taxista retiró el emblema amarillo del parabrisas y lo guardó en la guantera.

En ese momento, Patricia y yo intercambiamos una aterradora mirada y, por detrás de mi amiga, a través de la ventanilla, vi pasar un taxi negro con una pegatina blanca en el costado con los números 3555555 estampados sobre el fondo.

Mis ojos le hicieron volverse y su cara cambió de repente. “¿Dónde nos hemos metido?”, pensamos al unísono.

Desde ese momento, todos mis sentidos se esforzaron por recordar cuál fue el camino que seguimos para llegar a casa de mi amiga desde el aeropuerto. Mientras tanto,  intercambiaba alguna frase banal con el taxista. — Tomaremos el camino de la costa que está menos saturado a esta hora — dijo el taxista al tiempo que desmantelaba el único arma con la que podía defenderme.

Tu atención al viajar
puede sacarte de
un aprieto

El hombre no callaba y el aeropuerto no aparecía. Contaba cosas sobre la ciudad. — Esto es Larcomar, un centro comercia que está dentro de una antigua concha acústica sobre el acantilado. Aquí antes se hacían conciertos — explicaba parlanchín.

Finalmente, los grandes carteles de la zona del Callao y las banderolas de aeropuerto nos hicieron respirar aliviados.

— Si les preguntan, soy su tío que he venido a traerles — nos dijo el taxista antes de pasar el control policial del aeródromo y dirigirse, claro está, al parking de visitas en lugar de seguir el camino habitual de los taxistas.

Cuando bajamos del taxi, creímos que estábamos salvados. Patricia sacó el dinero acordado que el taxista rechazó amablemente. — Yo les acompaño — dijo con una sonrisa.

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Recoger las maletas fue más fácil de lo que pensábamos, aunque aún fue más sencillo para nuestro “amigo” colarse por cada revisión de pasaporte para no perdernos la pista. Por suerte, lo evitamos en el último control y, dentro de la sala de recogida de equipajes, decidimos intentar marcharnos sin que nos viera.

Para ello, urdimos un elaborado plan que se puso en marcha nada más salir del control y ver que no se había marchado. — Tenemos que ir a las oficinas para poner una reclamación — dije, al tiempo que Patricia le invitaba a marcharse para que no se le hiciera más tarde.

Por supuesto, no se marchó. Nos siguió mientras subíamos y bajábamos escaleras con el pasaporte en una mano y la maleta en la otra para intentar desanimarle.

Una hora después, nos dimos por vencidos.

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En el camino de vuelta, nuestro chofer me pidió que me sentara delante para disimular su ilegalidad. Ante su insistencia, y muy a mi pesar, no me quedó más remedio que aceptar la oferta. Patricia se sentó atrás.

Sentado en el asiento del copiloto, la conversación sobre Perú fluía de la garganta a mi boca. Política, cultura, gastronomía… — Tengo que parar un momento a poner gas, aquí los taxis funcionan con esto porque es un recurso del país y es más barato — anunció al desviarse a una gasolinera.

Volveremos por un camino distinto. A esta hora la pista es un infierno — dijo el taxista al regresar al coche. — La feria gastronómica termina hoy — aclaró.

Mis ojos, sobre los que el cerebro ejercía mucho mayor control que sobre la lengua, no paraban de buscar algo dentro del vehículo. Tenía controlado el freno de mano y un extintor que rodaba bajo mis pies en cada curva, por si las moscas.

Patricia empezó a mostrar signos de cansancio y hartazgo, aunque supongo que por su cabeza pasaban unos pensamientos muy similares a los míos.

Después de un largo recorrido, esta vez por calles más estrechas y poco o nada iluminadas, el taxi se detuvo. Iba tan concentrado en cómo salir de allí que no me había dado cuenta de que habíamos vuelto a casa.

Como activados por un resorte mecánico, Patricia y yo saltamos del coche. El taxista también bajó. Yo le ayudé a bajar las maletas y Patricia le entregó el dinero. — Ha sido un placer — dijo el hombre con una sonrisa.

Finalmente, todo salió bien. Solo se trataba de un pobre diablo que quería asegurarse una suculenta carrera de ida y vuelta al aeropuerto “aprovechándose” de dos extranjeros desvalidos.

Más tarde, nuestra anfitriona nos contó que la compañía de taxis seguros había llamado preguntando por nosotros porque no nos había recogido y que, en casa, estaban algo preocupados. Cuando les contamos la historia les pareció tan divertida como aterradora. Claro, ahora, a mí también me lo parece.

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