La nueva y la vieja Irlanda: Dublín y Galway

Dos horas de viaje y 209 kilómetros de autopista separan a Dublín y Galway. Este y oeste muestran la cara y la cruz de un país rural y volcado hacia la costa, cuyo interior se inunda con las intensas tormentas del invierno.

Tierra de duendes, tréboles y arpas, Irlanda sorprende con castillos en ruinas a cada paso y paisajes que quitan el aliento.

Dublín, una urbe destartalada

Atravesada por el río Liffey, Dublín no parece la capital de Irlanda. Con cerca de 1.200.000 habitantes, la ciudad de Molly Malone ha perdido la esencia acogedora de los pueblos irlandeses. Es una urbe destartalada a la espera del día de San Patricio.

Dublín es bajita, sin grandes rascacielos. Quizás sea ese el motivo que llevo a su ayuntamiento a levantar en 2003 el Spire, una columna de acero de 120 metros de altura que cuenta con el megalómano honor ser la escultura más alta del mundo.

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Una ciudad dominada
por las marcas

Cuna de destilerías de whisky y cerveza, Dublín es una ciudad dominada por las marcas.

El arpa, símbolo nacional que también es el emblema de una conocida aerolínea low cost, inspiró la construcción de otro de los atractivos de Dublín, el puente Samuel Beckett, diseñado por Santiago Calatrava.

Por último, el Trinity College, fastuoso complejo educativo, se erige en medio de la ciudad acorralado entre calles y edificios.

Galway: marineros de piedra

Galway es todo lo opuesto a Dublín. Situada en la desembocadura del río Corrib, conserva el encanto de un pueblo pesquero pese a superar los 60.000 habitantes.

Galway conserva
el encanto de un
pueblo pesquero

Su calle principal, en la orilla este del río, está llena de tiendas e invita a pasear, mientras que, en la orilla oeste, la universidad y la catedral, con su horroroso aparcamiento, se levantan junto al barrio pesquero de Claddagh.

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Por último, junto al mar, se puede pasear bajo el Spanish Arch. Enclave, fuera de las murallas, en el que atracaban los barcos mercantes españoles cargados de vino y brandy.

En otras palabras, tradición y modernidad no han sabido darse la mano en Irlanda. Un país de vikingos, forjado sobre la hierba y la piedra, que está a punto de perderse en el abismo de los desmanes urbanísticos del siglo XXI.

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