Lisboa se cae a cachos

Lisboa huele a mar y a tierra, a pescado y a dulces de Belém. Lisboa languidece a orillas del Tajo con sus casas que se caen a cachos y sus castillos restaurados. Es una ciudad decadente, bohemia, y su corazón está surcado por venas amarillas que entorpecen con su traqueteo la circulación.

Lisboa es un pueblo venido a más, una urbe venida a menos. Tal vez por eso sus gentes se debaten entre la amabilidad franca de una sonrisa y la hosca mirada de la desconfianza.

Sin duda se trata de una ciudad de contrastes. La sal de sus braserias y el dulce de sus pastelerías retratan a la perfección la mezcla del Tajo con el Atlántico, de lo viejo y lo nuevo.

Entrando a través del Puente 25 de abril, la ciudad se muestra como un gran reptil varado a las puertas del mar. El rojo de sus tejados se mezcla con el azul del agua y de sus azulejos.

Lisboa es un pueblo venido a más, una urbe venida a menos.

Lisboa se cae a cachos. Hay casas abandonadas, fachadas de sangre fría que pierden la piel tumbadas al sol y azulejos como escamas que reflejan la luz por todas partes. Sus calles, llenas de adoquines y cuestas crean perspectivas infinitas que caminan hacia puntos de fuga imaginarios donde uno puede fabular con qué se encontrará y no descubrirlo nunca.

Junto al mar, la Torre de Belém, el memorial de los soldados caídos en ultramar y el Monumento a los Conquistadores recuerdan el origen navegante del país que alberga el punto más occidental de Europa.

Ya en el centro de la ciudad, la plaza del Comercio sorprende al visitante con sus imponentes dimensiones, pero, sobre todo, con su horizonte indescriptible.

Cuando uno piensa en una plaza dibuja en su cabeza un cuadrilátero casi perfecto. Más si tenemos en cuenta la diferencia que establecen los ingleses entre el square de Trafalgar y el circus de Picadilly. Sin embargo, el anglosajón y el ibérico se quedan con la boca abierta porque no existe un concepto para describir la Plaza del Comercio.

Cerrada por tres de sus lados, con un opulento arco de acceso en el que desemboca la Rua Augusta, y rodeada de soportales, sus paredes se tiñen de amarillo. Ahora bien, la cuarta pared recuerda al concepto teatral y transforma la plaza en un enorme escenario abierto al río Tajo con unas escaleras que se sumergen en el agua.

¡Es indescriptible! “La puerta de Lisboa desde el mar”, la definen en las guías turísticas. Una inmensa postal con la otra orilla del Tajo enfrente, el Puente 25 de abril y el Cristo Rey a un lado y la desembocadura del río al otro. Con este telón de fondo, lisboetas y visitantes se sientan a charlar, relajarse y tomar el sol mientras a su espalda bullen las terrazas con restaurantes, helados y vinos.

IMG_9799bis copiaLa parte baja de la ciudad, que rodea la plaza, es llana y cuadriculada como los campamentos de los ejércitos romanos que habitaron Lisboa en otro tiempo. Sin embargo, la cosa cambia cuando uno empieza a ascender a cualquiera de las colinas que rodean la ciudad. Todo se intrinca y se entrelaza y en los barrios de Alto, Chiado y Rossio las pequeñas terrazas de minúsculos restaurantes como ‘O rey do frango’ (El rey del pollo) toman las empedradas cuestas que ascienden a los miradores.

Una ciudad para ver desde arriba.

Lisboa es una ciudad para ver desde arriba. Tal vez por eso, y por evitar la tediosa tarea de subir y  bajar sus cuestas, su ayuntamiento encargó en 1900 al arquitecto Raoul Mesnier de Ponsard que construyera el ya mítico y emblemático elevador de Santa Justa. Una construcción de materiales y líneas “eiffelicas” que uno los barrios de Baixa y Chiado a través de la Rua do Carmo y se culmina con un mirador de módico precio y vista panorámica de la ciudad del estuario del Tajo.

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Más arriba se encuentran otros miradores gratuitos como el de Gracia o el Largo das Portas do Sol. Jardines arbolados, donde la gente pasea y donde los vendedores ambulantes exponen sus lienzos llenos de tranvías amarillos pintados con acuarela. Estos lugares, además de proporcionar sombra y alivio al caminante, ofrecen vistas inigualables y que incluyen el famoso elevador y son el lugar perfecto para tomar fotografías panorámicas de la ciudad.

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El tranvía número 28 es el rey de Lisboa. Una línea regular utilizada por los turistas ya que une todos los puntos que el viajero quiere visitar. Siempre está atestado y es difícil encontrar un hueco para sentarse pero uno no puede marcharse de la ciudad sin tomarlo.

El monasterio, el castillo, la Sé… Todos los puntos están conectados por la red de tranvías y después de una mañana de paseo por la capital portuguesa nadie duda en esperar su irregular tabla de horarios.

El tráfico en Lisboa es caótico y no toda la culpa es de los tranvías. Los lisboetas conducen de una forma un tanto agresiva y temeraria. Adelantamientos muy ajustados, claxon sin miramientos e improperios a través de la ventanilla son el pan nuestro de cada día.

Las afueras del casco antiguo son igualmente feas. Pero se trata de una fealdad con encanto aunque uno camine con cierto recelo cuando comienza a caer la noche.

Lisboa es hermosa de noche. El naranja de las farolas se apodera de sus calles y todo parece una fiesta. Allí siguen los horarios europeos, algo a tener muy en cuenta sobre todo a la hora de cenar. Será muy difícil encontrar algo abierto más tarde de las diez de la noche y complicado sentarse a comer pasadas las tres.

Los precios de la comida son asequibles y la comida abundante tanto si te sientas en una churrasquería como si lo haces para comer bacalao. Todo está muy bueno y los aperitivos son parte del ritual gastronómico. Puedes aceptarlos o rechazarlos, no hay problema, pero son lo primero que llega a la mesa sin pedirlo y no te avisan de que se incluyen en la cuenta.

El servicio tampoco está incluido la mayor parte de las veces y el camarero no dejará de recordártelo, sobre todo si has rechazado los entrantes.

En resumen, Lisboa es una ciudad por descubrir. Un lugar donde se respira un aire distinto al de cualquier otra capital europea. Una visita que merece la pena hacer con buen tiempo, también por la seguridad de no resbalar en sus adoquines pulidos por el paso del tiempo, la gente y la brisa del mar.

Lisboa se ama o se odia. Hay a quien le parece fea, descuidada y vieja y a quien precisamente todo esto le encanta. Si Portugal decidiese transformar Lisboa en una postal seguiría siendo hermosa pero perdería parte de su magia, su bohemia y ese encanto que solo puede perdurar dejándola como está.

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