San Sebastián, el París del País Vasco

Donosti es a París lo que Bilbao es a Londres, una ciudad monumental, de edificios señoriales, plazas y paseos, en la que el viajero se siente trasladado a otro tiempo, a uno en el que pasear por La Concha al atardecer era un gran acontecimiento social y subir a Monte Igueldo todo un festival de colores y maravillas al alcance de unos pocos.

Cuna de festivales de cine y de jazz, los edificios ocres de Donosti se extienden a lo largo de la costa del Golfo de Vizcaya bañados y azotados por la sal y el viento del Cantábrico.

En San Sebastián
el viajero se
siente en otro tiempo

Toda visita que se precie ha de recorrer la costa y disfruta de los pintxos del casco viejo, cruzar alguno de los puentes sobre la desembocadura del río Urumea para pararse frente al Kursaal, visitar la plaza del Ayuntamiento con su tiovivo centenario y darse de bruces con la catedral.

La perla de San Sebastián


Con sus característicos soportales y sus reconocibles barandillas blancas, La Concha es la principal playa de San Sebastián. 1.350 metros de fina arena dorada y aguas tranquilas que son visitadas diariamente y sin excepción por un puñado de devotos bañistas que se sumergen en ellas llueva, truene o nieve.

Desde el centro de La Concha y mirando hacia el mar, los montes Urgull, a la derecha, e Igueldo, a la izquierda, cierran esta bahía que da nombre a la playa cuya perla es la Isla de Santa Clara.

Caminando desde el casco viejo, es muy recomendable el paseo alrededor del Monte Urgull, la zona del Aquárium y el Club Náutico.

En el otro extremo, ya en la Playa de Ondarreta y a los pies del Monte Igueldo,  las 30 toneladas de acero (10 por escultura) del Peine del viento, esculpido por Eduardo Chillida, resisten los envites del mar sobre las rocas desde 1976.

Atracciones de otro tiempo


Desde aquí, es posible tomar el funicular que asciende a lo alto del Monte Igueldo, el tercero más antiguo de España después de los de Tibidabo y Vallvidriera en Barcelona, que ofrece unas espectaculares vistas de la ciudad a 312 metros de altura.

Espectaculares vistas
a 312 metros de altura

Dentro del monte, se encuentra un centenario parque de atracciones por el que parece que no ha pasado el tiempo. Ya desde la entrada del funicular, los anuncios pintados sobre el azulejo de marcas desaparecidas harán las delicias de los amantes de lo vintage.

Luego, el “Río misterioso”, la “Montaña suiza” o el “Paseo de la risa” trasladarán al visitante a comienzos del siglo XX, cuando los ingenios ya asentados de la revolución industrial dieron paso a estas máquinas para el entretenimiento.

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Casetas de habilidades, camas elásticas y un laberinto completan la oferta de este peculiar parque de atracciones en las alturas.

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Una ciudad de cine


De vuelta al casco urbano, otra atracción de feria imprescindible es el tiovivo de la Plaza del Ayuntamiento, un carrusel inaugurado en 1900 cuyos caballitos parece que pudieran cobrar vida en cualquier momento como en la célebre película Mary Poppins.

Cerca de este punto, también se encuentra el Teatro Victoria Eugenia, donde se proyectan gran parte de las películas del Festival de Cine de San Sebastián.

El Kursaal, icono del
cine y de San Sebastián

La ciudad cambia con el festival. Sus 186.095 habitantes censados se multiplica durante los días del certamen, un acontecimiento que ha llevado a esta ciudad a lo más granado del firmamento hollywoodiense y cuyo epicentro, el Kursaal, se ha convertido ya en un icono de la ciudad de escala mundial.

Diseñados por Rafael Moneo en 1999, los cubos del Kursaal, que se iluminan a juego con el color amarillento de la ciudad durante la noche, albergan un gran auditorio, una sala de cámara y varias salas polivalentes que acogen exposiciones.

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Gastronomía, mar, montaña, entretenimiento y cine. ¿Qué más se le puede pedir a una ciudad? Encanto, y San Sebastián lo tiene. Paseando entre sus casas señoriales, cualquiera diría que esta urbe, a 20 kilómetros de la frontera con Francia, es más francesa que española. Sin embargo, San Sebastián tiene algo que París nunca tendrá, el inconfundible carácter y amabilidad de sus gentes.

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